16 Feb Eric Blake: “La sabiduría es experiencia reflexionada; no basta con vivir, hay que mirar lo vivido”
Eric Blake, médico geriatra y ex director de la Unidad de Geriatría de la Clínica Alemana de Santiago, abordó el efecto del estrés en el organismo, el valor del propósito después de los 40 y por qué la vejez puede convertirse en una etapa profundamente transformadora si aprendemos a mirarla distinto.
Estamos viviendo en un sistema con muchas presiones, especialmente ligadas a la productividad. ¿Cómo envejecen las personas que viven en un entorno de mucho estrés?
Es difícil trazar una línea de tiempo exacta sobre cómo envejecen las personas, porque cada biografía es distinta. Pero lo que sí sabemos es que el estrés sostenido tiene efectos concretos en el organismo. Cuando estamos sometidos a estrés prolongado, hay una descarga constante de adrenalina y un aumento de moléculas inflamatorias. Eso genera un desgaste mayor del cuerpo: se obstruyen con más facilidad las arterias, disminuye la vitalidad y, en definitiva, se deteriora la calidad de vida en la vejez.
Desde esa perspectiva, aprender a manejar el estrés no es un lujo, es una inversión directa en cómo vamos a vivir nuestros últimos años. El problema es que no es fácil combatirlo en nuestra sociedad actual. Sin embargo, hay herramientas que ayudan: prácticas de mindfulness, dormir bien —que es fundamental—, cultivar vínculos significativos y compartir con otras personas.
También es importante saber pedir ayuda. Cuando uno siente que “todo está en contra”, o cuando alguien cercano dice “algo está pasando contigo”, no ponerse a la defensiva. Tal vez realmente algo está ocurriendo y es saludable buscar apoyo psicológico o consultar. La prevención emocional también es prevención en salud.
Carl Jung decía que la vida comienza a los 40. Vemos muchos casos de personas que se reinventan incluso a los 50 o 60 años. ¿El propósito se puede trabajar en cualquier momento de la vida?
A mí me parece que hay momentos en la vida en que inevitablemente comenzamos a mirarnos distinto. Llegamos a este mundo siendo hijos de alguien mayor y nietos de alguien aún mayor. En los tiempos actuales, incluso bisnietos. Somos jóvenes rodeados de adultos que celebran cada avance: desde controlar los esfínteres hasta entrar al colegio. Durante muchos años vivimos en una especie de novedad permanente, donde la etiqueta de juventud se prolonga hasta cerca de los 40.
Pero alrededor de esa edad ocurre algo simbólico y real: comienzan a desaparecer los abuelos, dejamos de tener cualquier rótulo de juventud —ya no somos “profesional joven” ni “papá joven”— y tenemos que hacernos cargo de nuestra adultez.
En esa segunda etapa, entre los 40 y los 60 años, seguimos muy marcados por el deber. La pregunta suele ser: “¿Para qué estoy aquí?”. Y la respuesta, durante mucho tiempo, fue producir, generar recursos, proveer. Eso fue tradicionalmente el rol del hombre, y hoy también el de la mujer, que se ha incorporado plenamente al mundo laboral.
Por eso los filósofos antiguos sostenían que nadie debía gobernar antes de los 50 años. No por edad cronológica, sino porque hay una perspectiva que la juventud simplemente no puede ofrecer.
¿Qué cambia entonces en esa etapa intermedia de la vida?
Entras en una etapa de transición. Tu vida era bien homogénea hasta que empiezan a pasar cosas y a ver la vida de una manera distinta. A ver qu tú estás llegando a ser la última generación. Entonces empieza el racconto: revisar tu vida. ¿Qué hice?, ¿Qué no hice?, ¿Qué habría pasado si hubiera tomado otro camino?, ¿Si hubiera elegido otra carrera, otra pareja? ¿Si me hubiera ido al extranjero cuando me ofrecieron?
Entonces empieza una reflexión y la sabiduría es eso. Es experiencia reflexionada, no es sólo experiencia. Y en ese instante se te abre un mundo de posibilidades que no sabías que tenías. De vincularte con las personas desde otra perspectiva.
Muchas veces nos hemos cerrado porque nos encasillamos desde la infancia en una sola mirada.