El edadismo: cómo nos hacemos cargo de cambiar la narrativa

El edadismo, ese concepto que usamos para categorizar o dividir a las personas por atributos que ocasionan daño, desventaja o injusticias [1], exige una mirada urgente en Chile. Es un síntoma de cómo valoramos, o no, la experiencia y el logro de la civilización de haber alcanzado una mayor longevidad.

Chile está envejeciendo a una velocidad sin precedentes. Según el Censo 2024, el 14 % de la población tiene hoy 65 años o más, mientras los menores de 14 representan solo un 17,7 %. Por cada 100 niños hay 79 personas mayores. Mientras, se proyecta que para 2050, tres de cada diez personas en el país tendrá más de 80 [2]. Sin embargo, nuestra cultura parece no estar preparada para este cambio. Seguimos asociando la edad con decadencia, lentitud o inutilidad, en lugar de reconocer el valor de la trayectoria, la empatía y la visión que da el tiempo.

El edadismo no es una abstracción. En Chile, un informe del Observatorio del Envejecimiento señala que el 28 % de las personas mayores es percibida como “incompetente” por prejuicios [3]. En el mundo laboral, las cifras son igual de preocupantes: estudios recientes muestran que las personas entre 50 y 59 años enfrentan las mayores dificultades para reinsertarse al trabajo. En consumo y servicios, el SERNAC reporta que un 68 % de los mayores se ha sentido discriminado como cliente, ya sea por el trato recibido o por la falta de adaptación [4] Y según la VI Encuesta de Calidad de Vida en la Vejez (UC y Caja Los Andes, 2022), una gran mayoría de las personas mayores siente que su participación social y sus aportes son poco valorados.

Este sesgo tiene consecuencias profundas. Cuando los mayores internalizan el prejuicio de que ya no tienen nada que aportar, se autocensuran, dejan de postularse a trabajos, evitan espacios de liderazgo o participación y, muchas veces, se retraen socialmente. Esa exclusión simbólica es tan dañina como la económica. También hay efectos estructurales: las políticas públicas y los servicios tienden a diseñarse para un ciudadano genérico, sin atender las particularidades del envejecimiento. En el fondo, invisibilizamos la diversidad de la vejez, como si todas las personas mayores fueran iguales.

El edadismo empobrece a toda la sociedad. Descartar a quienes envejecen es renunciar a la memoria colectiva, a la transmisión de conocimiento y a la riqueza de la experiencia. En un país donde aún creemos que la innovación solo viene de la juventud, olvidamos que la creatividad y el liderazgo también maduran. Además, el edadismo se cruza con otras desigualdades: afecta con más fuerza a las mujeres, a las personas de origen rural, con menos educación o redes.

Cambiar esta realidad requiere una acción cultural y política sostenida. En Talanton trabajamos por derribar prejuicios, promover la participación laboral y visibilizar el valor de la experiencia. Pero el cambio no vendrá solo desde las instituciones. Debe empezar por cómo hablamos, cómo representamos a las personas mayores en los medios, cómo las integramos en las decisiones cotidianas. Y en eso, necesitamos una narrativa distinta: una donde la edad no sea un motivo de descarte, sino una fuente de sentido y pertenencia.

[1] OMS

[2] Observatorio del Envejecimiento UC–Confuturo

[3] https://observatorioenvejecimiento.uc.cl/wp-content/uploads/2021/07/Reporte-Observatorio-Edadismo.pdf

[4] https://www.sernac.cl/portal/619/w3-article-59270.html